Políticas de archivo

Toda reflexión política sobre el archivo debe comenzar por reconocer que el archivo posee una doble función. Por un lado, señala hacia el lugar físico del material archivado (topos); pero, por otro, recuerda la autoridad que lo custodia y guía su interpretación (nomos). De ahí nace lo que Derrida llamó el «mal de archivo». Si no fuera por el lugar físico o virtual, siempre externo, no habría posibilidad de archivo, pero es precisamente esa exterioridad la que hace posible su desaparición, manipulación, desfiguración, ocultamiento, represión, prohibición.
Hoy se libra en este espacio central del saber que es el archivo una batalla decisiva: mientras los teóricos del post-obrerismo anuncian el carácter «comunista» de las nuevas tecnologías comunicativas que favorecen la libertad de compartir documentos y saberes, el neoliberalismo dominante intenta frenar, paradójicamente, la puesta en común archivística a través de legislaciones como el canon digital y los derechos de autor. Todo un síntoma de lo que ocurre cuando se liberan la participación y el acceso al archivo, cuando se extiende la posibilidad de constituirlo e interpretarlo; en definitiva, cuando se democratiza. De ahí que sea necesario proteger el proceso de preservación y conservación de la tentación de control y manipulación. El velo que separa una cosa de otra es sutil, pero la confusión entre ellas produce nefastas consecuencias. En este sentido, resultaría fascinante una historia de las técnicas archivísticas como mecanismos para ejercer la autoridad sobre el documento. Tan fascinante como pensar en estrategias para practicar el archivo sin ejercer sobre él una tiranía hermenéutica y manipuladora.

Entiéndase bien que estamos señalando varias condiciones para el archivo democrático radical: en primer lugar, la existencia de un lugar físico y/o virtual, común, abierto, público, que aglutine toda una documentación sin un criterio selectivo sobredeterminante, sin una jerarquización relativa a lo que puede y debe estar, y a lo que debe quedar fuera.

En segundo lugar, la necesidad de un trabajo de lectura sin el cual el archivo resulta inoperante y fácil de reescribir en versiones reaccionarias o revisionistas (como es el caso de los intentos de reelaborar de forma edulcorada la historia de la guerra civil y el franquismo por parte de la derecha española). Este punto tiene una especial importancia, y ya Foucault indicaba que nadie o muy pocos van a las fuentes o se molestan en leer lo que se ha escrito sobre diferentes temas.

En tercer lugar, la necesidad de no ejercer una autoridad de sentido sobre el material archivado, no porque haya que ser meramente aséptico o positivista, sino porque el acto de ordenar, clasificar, etiquetar e interpretar (inevitables, por lo demás) deben mostrar a la vez su precariedad, su falta de esencia, con el fin de que el usuario vea con claridad la posibilidad de una interpretación diferente, ajustada a sus requerimientos o al marco de la performatividad que trata de llevar a cabo con ese material.

Finalmente, y en función de lo anterior, la posibilidad de formas de lectura deconstructivas y materialistas que, desde el discurso de las minorías de cualquier raza, clase o género, subvierta el emplazamiento y las relaciones de (y entre) los materiales archivados.

Estos breves apuntes y esta esquemática caracterización constituyen un primer intento de definición del proyecto del recién inaugurado Centre d’Estudis i Documentació del MACBA, cuya misión es precisamente explorar formas radicalmente democráticas de construir el saber y la memoria a través del espacio del archivo.

5 Comentarios RSS de comentarios

  1. Me gustaria escuchar mas del “macba” sobre su propio proyecto de archivo. Me parece que la proposicion de Jorge Ribalta de “archivo como la coleccion de los pobres” viene de ai – si el archivo funcionaria como una coleccion, cuales serian las practicas expositivas de esta coleccion?

  2. La idea del archivo como “museo de los pobres” estaba formulada como pregunta y especialmente dirigida a Benjamin Buchloh en el seminario de la semana pasada, “La condición del documento y la utopía fotográfica moderna”. La intención de tal planteamiento era tantear las posibilidades de prácticas de crítica institucional en el marco de la institución archivo, ampliando así la noción de crítica institucional circunscrita al Museo que se deriva de escritos del propio Buchloh. Desde el Museo ya hemos manifestado en varias ocasiones nuestra lectura no literal (incluso errónea) de Buchloh de tal concepto de crítica institucional y la necesidad de expandir el concepto hacia formas autocríticas de construir espacios para la reflexión, la experimentación y el debate en un marco institucional que desborde el museo y se extienda hacia otros campos mas allá del cultural y artístico. Por tanto, la noción del archivo como “museo de los pobres” es un planteamiento polémico y, digamos, experimental que apunta a la posibilidad de entender el archivo como vinculado a las historias y los discursos no hegemónicos, subalternos, que no llegan a formularse o ni siquiera a articularse como tales y que, por ello, no llegan a ocupar la centralidad del Museo como espacio de visibilidad. Historias y discursos que, en este sentido, albergan un potencial de alternativa real, de contra-hegemonía.

    No obstante, el archivo como “museo de los pobres” no pretende ser una reproducción de lo que se critica, es decir, una especie de duplicado en miniatura del Museo mismo, un Museo de segunda clase, sino un espacio diferente, no determinado por las condiciones de visibilidad y representación del Museo sino como una crítica o una alternativa a ellas, como un espacio institucional de otro tipo. ¿Cómo podemos repensar el Museo desde el archivo? ¿Cómo relativizar la centralidad de lo representativo y el tipo de visibilidad expositiva propio del Museo? ¿Podemos, por contra, inventar otras formas de producción y circulación del discurso no visuales-representativas, más cercanas a la lógica discursiva del archivo? La hipótesis no es por tanto la de monumentalizar-museificar el archivo (y por tanto convertir a los “pobres” en hegemónicos) sino imaginar maneras de des-musealizar el Museo, de aprender de los “pobres”. Es evidente que no hay respuestas absolutas o macro-políticas a los conflictos de poder en la representación o en la producción del saber, sino que hay situaciones específicas donde las relaciones entre hegemonía y subalternidad pueden ser renegociadas. Desde el Museo vemos el archivo como un espacio que abre estas posibilidades en el marco tradicional de la institución. Pero, a partir de ahí, es necesario atender a los proyectos específicos.

  3. adriaalos: ¿Podrías definir qué quieres decir con “acceso intelectualmente democratizado” y precisar un poco más tu pregunta?

  4. Primer debo aclarar que soy conservador de pinturas y arte contemporáneo y por tanto no cuento con experiencia en la conservación de documentos y archivos.

    Me parece muy interesante los puntos que se exponen en este debate, en especial el punto de los archivos como medio de control social, y creo que sería estupendo una investigación sobre la historia de las técnicas archivísticas. Quizas una investigación así aclararía la definición actual del término archivo y formularía nuevos términos y conceptos aplicables a la democratización de las colecciones.

    También estoy de acuerdo con que se debe redefinir el término de archivo, antes de que la internet se convierta en la nueva gabeta donde se guardan los objetos y documentos que a nadie les interesa estudiar. Creo que el verbo “archivar” hoy día se utiliza casi como un sinónimo de “guardar”, y aunque sea para el bien de organizar y preservar los documentos, la ocultación física de los archivos en espacios de condiciones utópicas acaba difuminando al olvido el contenido.

    Me viene a la mente el ejemplo de los “microfiches”. Ninguno de mis compañeros de clase jamás se preocupa por utilizarlos, y sin embargo supongo que en algún momento la tecnología de los microfiches fue la idea más brillante. Me parece que cada vez las ténicas de archivar se dirigen en favor a ocupar el menor espacio posible. Lo que antes bastaba con una lupa para poder estudiarse, pronto requerirá de un “scanning electron microscope”. Y ése es uno de los problemas, que cada vez es más el esfuerzo que tiene que hacer el investigador para recuperar documentos. ¿Será eso precisamente el método para manejar el control de informacion?

    Desde que comencé a escribir he venido pensando en el archivo como un dólar que no se utiliza. Ambos pierden valor si no se utilizan y terminan volviéndose obsoletos y más útiles para echarse fresco que para resolver problemas.

    En cuánto a los derechos de autor y la no democratización de los arhivos ….creo que a ningún autor le parece genial la idea de estar slienciado con el propósito de preservar ese silencio por siglos y siglos.

    Perdonen, si no he llegado a ningún lugar después de escribir todo esto… son las 12:13am.

  5. Archivos y democracia… es una dupla interesante. Si bien la llegada de la democracia al estado español y la promulgación de la Constitución han supuesto una apertura, a nivel teórico, de los archivos (hablo siempre de los de la administración en cualquiera de sus niveles) la práctica ha demostrado que eso no siempre es así. A las limitaciones impuestas por interpretaciones sectarias y políticas de las diferentes estamentos de la administración se suman otras de carácter económico y material. A nivel general los archivos se encuentran en una situación de desorganización que impide el acceso a sus contenidos por el propio desconocimiento de lo que se custodia, a esto hay que sumar la falta de medio técnicos adecuados para su correcta gestión y la escasez de personal cualificado al frente de los mismos.
    La llegada de las tecnologías de la información y la comunicación parecía la esperanza de los archiveros y gestores de documentación que vislumbraban las múltiples posibilidades que estas les brindaban, pero esto, que ha supuesto una mejora en la metodología y las herramientas de gestión, ha traído también consigo un gran problema la proliferación de documentación con formatos hasta ahora desconocidos y para los que las técnicas archivísticas no estaban preparadas. Los más avispados (los de siempre) llevan años trabajando en esta materia, pero los que vamos en el furgón de cola (los de siempre)ahora nos damos cuenta que ese flujo incesante de información que nos llega a modo de ceros y unos se está perdiendo en algunos casos para siempre.
    Para que el archivo sea visible, democrático, accesible es necesario contar, desde el inicio, con las herramientas adecuadas para lograrlo. ¿Se llegará a ello? No creo, superado el escollo de contar con las herramientas necesarias, cuando uno gestiona algo lo hace con unos criterios propios que muy poco tendrán que ver con los de su vecino, esto lógicamente marcará para siempre el devenir del archivo que estará supeditado a la persona/entidad que lo dirige. No obstante, y dicho esto, el archivo puede llegar a tener un alto grado de apertura y democratización, algo que en la actualidad no ocurre.